Posiblemente
esa sensación de calma, quietud, paz y tranquila felicidad fue lo que atrajo a
Adán Diehl, argentino de ascendencia alemana, de la porción de tierra conocida
como Formentor, en la cual era su sueño construir un particular templo a las
artes, un lugar de reunión para amigos, creadores, artistas y personalidades de
todo el mundo.
El
soñador Diehl tenía la utópica visión de construir un hotel para invierno y
otro para verano, decidiéndose crear tan solo el primero en el momento inicial.
La construcción fue complicada, con el transporte del material hecho en su
totalidad por mar, ya que la carretera que se había proyectado no estaba
terminada todavía.
La
inauguración fue celebrada por todo lo alto el 24 de Agosto de 1929. Todo
estaba como debía. Adán se había encargado de la construcción del hotel y su
esposa de la elección de personal, vajilla y muebles. No había nada fuera de
lugar. Los invitados fueron llegando poco a poco por mar.
Y
por mar llegaron las malas noticias. El crack del 29 extendió sus efectos a
todo el mundo y en 1934, la banca argentina canceló los créditos dados a Diehl,
al igual que la banca en Mallorca. Se vió obligado a cerrar. Retornaron él y su
esposa a Barcelona gracias al dinero de uno de los trabajadores. Al otro lado
del Atlántico, su esposa trabajó como diseñadora, y él, a pesar de conseguir un
nuevo trabajo, nunca volvió a ser el mismo, hasta el punto de llegar a
suicidarse. El sueño de su vida, en el que había invertido ilusión, tiempo y
dinero, se había desmoronado, hundiéndose inexorablemente en el profundo azul.
Pero
así como el tiempo da y quita razones, el mar roba cosas queridas y las
devuelve. El grupo Barceló compró y recuperó el hotel, el cual se conserva
hasta nuestros días, integrado en el paisaje.
Tal
vez al mirar al mar de Formentor vuelvan a nosotros, resonando, las risas de
aquellos primeros huéspedes. Tal vez, aún con casi un siglo de separación entre
ambos, una pareja se declare su amor poniendo por testigo al ondulante mar. Tal
vez esa calma y tranquilidad embriagadora, esa brisa marina que se enreda en el
pelo y juega con tus sentidos, sea la misma, que una vez sintieron Adán y su
esposa. Tal vez esas aguas cristalinas permanezcan inamovibles, mezclando
pasado y presente, incitándonos a soñar con las maravillas que la mente del
hombre puede crear, y cuya prueba está emplazada en ese enclave privilegiado de
la naturaleza, a medio camino entre el Paraíso y la Tierra.
