jueves, 22 de noviembre de 2012

Historias de hotel: Hotel Formentor


Las aguas cálidas del mar Mediterráneo mecen suavemente la mente de quien, con atención, las observa, induciéndote un estado de hipnosis, a medio camino entre el Paraíso y la Tierra. Casi puedes sentir como la brisa que acaricia tu piel trae sonidos lejanos, como ecos de vidas entrelazadas que son devueltos al presente de manera que el pasado vuelve a nosotros.

Posiblemente esa sensación de calma, quietud, paz y tranquila felicidad fue lo que atrajo a Adán Diehl, argentino de ascendencia alemana, de la porción de tierra conocida como Formentor, en la cual era su sueño construir un particular templo a las artes, un lugar de reunión para amigos, creadores, artistas y personalidades de todo el mundo.

El soñador Diehl tenía la utópica visión de construir un hotel para invierno y otro para verano, decidiéndose crear tan solo el primero en el momento inicial. La construcción fue complicada, con el transporte del material hecho en su totalidad por mar, ya que la carretera que se había proyectado no estaba terminada todavía.

La inauguración fue celebrada por todo lo alto el 24 de Agosto de 1929. Todo estaba como debía. Adán se había encargado de la construcción del hotel y su esposa de la elección de personal, vajilla y muebles. No había nada fuera de lugar. Los invitados fueron llegando poco a poco por mar.

Y por mar llegaron las malas noticias. El crack del 29 extendió sus efectos a todo el mundo y en 1934, la banca argentina canceló los créditos dados a Diehl, al igual que la banca en Mallorca. Se vió obligado a cerrar. Retornaron él y su esposa a Barcelona gracias al dinero de uno de los trabajadores. Al otro lado del Atlántico, su esposa trabajó como diseñadora, y él, a pesar de conseguir un nuevo trabajo, nunca volvió a ser el mismo, hasta el punto de llegar a suicidarse. El sueño de su vida, en el que había invertido ilusión, tiempo y dinero, se había desmoronado, hundiéndose inexorablemente en el profundo azul.

Pero así como el tiempo da y quita razones, el mar roba cosas queridas y las devuelve. El grupo Barceló compró y recuperó el hotel, el cual se conserva hasta nuestros días, integrado en el paisaje.

Tal vez al mirar al mar de Formentor vuelvan a nosotros, resonando, las risas de aquellos primeros huéspedes. Tal vez, aún con casi un siglo de separación entre ambos, una pareja se declare su amor poniendo por testigo al ondulante mar. Tal vez esa calma y tranquilidad embriagadora, esa brisa marina que se enreda en el pelo y juega con tus sentidos, sea la misma, que una vez sintieron Adán y su esposa. Tal vez esas aguas cristalinas permanezcan inamovibles, mezclando pasado y presente, incitándonos a soñar con las maravillas que la mente del hombre puede crear, y cuya prueba está emplazada en ese enclave privilegiado de la naturaleza, a medio camino entre el Paraíso y la Tierra.

Historias de hotel: Hotel Meliá Don Pepe


Dicen que el fuego es el símbolo de la pasión, y que la pasión mueve al hombre a acometer los más grandes proyectos imaginados por un semejante. Quizá esa pasión fue la que inspiró a la mente de José Meliá cuando, teniendo frente a él los planos de lo que sería su nuevo hotel, decidió apostar por dar un paso adelante y construir un hotel de 5 estrellas, con todo lujo y modernidad y dirigido a la élite europea.

Situado en primera línea de playa se construyó bajo la dirección de Eleuterio P. Knappe, y durante cuarenta años estuvo dirigido por Francesco Alfonso Somoggi de Perlac, conocido popularmente como “Conde de Perlac”.

La noche del 24 de Diciembre de 1995, toda esa fastuosidad se vino abajo en apenas unos segundos, siendo sustituida por el terror de los huéspedes, cuando se detectó un incendio en la planta baja del edificio, destrozándola por completo. No hubo que lamentar la pérdida de ninguna vida, y si bien varios de los clientes fueron atendidos por síntomas de asfixia, fue la situación de nerviosismo colectivo la que se llevó la mayor parte de las intervenciones de los equipos médicos.

Tras su vuelta a la normalidad, entre el año 2003 y 2005, el hotel fue sometido a una remodelación plena, continuando con el objetivo de su creador de ser un hotel de lujo y moderno, referente y modelo a seguir para otros hoteles.

Historias de hoteles: Hotel Negresco



Cae la tarde en Niza. El sol comienza a esconderse, tiñendo el cielo de diversas tonalidades de naranja. Es en ese momento, en el que el astro rey se oculta tras el horizonte, cuando el Hotel Negresco comienza a refulgir en la oscuridad de la noche que se avecina, reclamando la atención que merece por parte de los viandantes que aprovechan las últimas horas de luz en El paseo de los Ingleses.

Su silueta evoca el encanto de la “Belle Epoque”, momento en el que fue construido por Édouard Niemans. Este hotel de ensueño, fue erigido gracias a la visión de Henri Negresco, primer dueño del mismo y en honor al cual lleva su nombre. La historia de este rumano nacido en 1868 no es más fantasiosa que el hotel que llegó a construir tras sus esfuerzos.

Hijo de un posadero, a la edad de 15 años deja su país natal para dirigirse a Francia, donde trabajaría en París y Mónaco antes de asentarse en la Costa Azul, más concretamente en Niza, donde se convirtió en director del Casino Municipal, codeándose con las altas esferas de las finanzas y los negocios del momento: los Rockefeller y los Vanderbilt.

Fue allí donde se fraguó una idea, una fantasía que en 1912 se haría realidad. Un hotel de lujo, digno recipiente de las personalidades que en su interior se reunirían. Y lo consiguió.
Hasta nuestros días ha perdurado la parte material de la visión que un día tuvo Henri. A través de un siglo ha sido hospital de campaña durante la Primera Guerra Mundial, y hotel la mayor parte del tiempo, pasando por una etapa de ruina. Su resurgir fue de la mano de Jeanne Augier, en 1957, quien lo convirtió en el magnífico hotel y galería de arte que es hoy, siendo nombrado en 2003 Monumento Histórico.

Y como cada amanecer, el Hotel Negresco apagará sus luces, dejando de resplandecer bajo el manto nocturno, pero brillando con luz propia mientras la incipiente luz del día arranca destellos de sus muros, recordándonos que permanece allí, estático y estable, como la joya insigne de Niza.