Su silueta evoca el
encanto de la “Belle Epoque”, momento en el que fue construido por Édouard
Niemans. Este hotel de ensueño, fue erigido gracias a la visión de Henri
Negresco, primer dueño del mismo y en honor al cual lleva su nombre. La
historia de este rumano nacido en 1868 no es más fantasiosa que el hotel que
llegó a construir tras sus esfuerzos.
Hijo de un posadero, a la
edad de 15 años deja su país natal para dirigirse a Francia, donde trabajaría
en París y Mónaco antes de asentarse en la Costa Azul, más concretamente en
Niza, donde se convirtió en director del Casino Municipal, codeándose con las
altas esferas de las finanzas y los negocios del momento: los Rockefeller y los
Vanderbilt.
Fue allí donde se fraguó
una idea, una fantasía que en 1912 se haría realidad. Un hotel de lujo, digno
recipiente de las personalidades que en su interior se reunirían. Y lo consiguió.
Hasta nuestros días ha
perdurado la parte material de la visión que un día tuvo Henri. A través de un
siglo ha sido hospital de campaña durante la Primera Guerra Mundial, y hotel la
mayor parte del tiempo, pasando por una etapa de ruina. Su resurgir fue de la
mano de Jeanne Augier, en 1957, quien lo convirtió en el magnífico hotel y
galería de arte que es hoy, siendo nombrado en 2003 Monumento Histórico.
Y como cada amanecer, el
Hotel Negresco apagará sus luces, dejando de resplandecer bajo el manto nocturno,
pero brillando con luz propia mientras la incipiente luz del día arranca
destellos de sus muros, recordándonos que permanece allí, estático y estable,
como la joya insigne de Niza.

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