sábado, 18 de agosto de 2012

No olvides tu nombre

Bueno... Esto es una historia que escribí para un concurso, el cual no gané, pero que me costó bastante hacerla. La pongo aquí porque me apetece, me gusta y creo que os gustará >.<


La historia no recuerda a los cobardes. Y si lo hace, es solo para exaltar las características positivas de los más valientes, los mejores… Incluso podría decirse que los que presentan una estupidez mayor en lugar de prudencia son más recordados. Pasa así con las historias de amor. En clase no se estudia el profundo amor que unía a Fernando VI y a Bárbara de Braganza, pero conocemos a la perfección la Guerra de Sucesión Española.

Quizá ese fue el motivo por el cual Eva nunca fue una apasionada de la historia. Le aburría sobremanera, a excepción de aquellas curiosidades que tan bien se le daba recordar. Le gustaba el arte. Le gustaba cantar. Le gustaba comerse un helado con los pies metidos en el Manzanares. Le gustaba… Antes de que su padre muriera, le encantaba hacer cualquier cosa que le hiciera sentirse viva. Ahora, camino a casa de su abuela en Galicia para recuperarse de una anorexia nerviosa diagnosticada un par de meses atrás, sentía como si todo aquello hubiera quedado tan alejado, de ella y de su realidad, que recordaba aquellas tardes de domingo como a través de un cristal translúcido.

El coche en el que iba, conducido por su madre, no paraba de dar tumbos por aquellas carreteras destartaladas del norte de España. Que lejos quedaba ya Madrid, tan contaminado, con sus bosques de edificios y gente sin cara con la que día a día se cruzaba. También habían dejado atrás el cielo azul y claro de Castilla, con aquel mar dorado que se extendía a ambos lados de la lengua de asfalto por la que el Clio azul de segunda mano circulaba con tranquilidad. Del oro a las esmeraldas, podría decirse, del otoño a una continua primavera. El viaje había sido largo, pero comenzaba a llegar a su fin. Las carreteras estrechas que discurrían hacia Costa da Morte iban volviéndose más y más conocidas para Eva.

Moura do Muiño era un pequeño pueblo cercano a Muxía, en el que el padre de la chica había pasado toda su vida, siendo incluso donde María había dado a luz a su única hija la cual ahora estaba mirando aquel conjunto de casas desde la parte trasera del coche. Realmente no quería salir de aquel refugio, no quería recordar los veranos que pasó allí, y mucho menos que la mirasen con desprecio por ver en lo que se había convertido. Lo único que la había convencido un mínimo para ir a aquel "pueblucho perdido en medio de la nada" como ella lo denominaba, era el hecho de que su abuela tenía ya 84 años, y por lo tanto, poco tiempo de vida. Tras unos instantes de indecisión, tomó aire y abrió la puerta del coche.

Todo el pueblo parecía allí congregado, ancianos, adultos y niños a la espera de volver a la nieta de una de las más queridas vecinas. Habían pasado 10 años desde que Eva había puesto por última vez un pie en Galicia, tiempo más que suficiente para cambiar, pero no tanto. No podía haber cambiado tanto, se decía Javier, quien la observaba con ojos atónitos. El pelo rubio ceniza, caía, lacio y sin vida a ambos lados de su cara demacrada. Su cuerpo, protegido por anchas ropa para tapar sus imaginarias imperfecciones era totalmente huesudo, sin las curvas propias de una adolescente… Lo único que se mantenía como antaño eran sus ojos, por los que había suspirado una vez y en el momento en el que se volvieron a cruzar aquel 6 de Junio de 2001 volvieron a reanimar ese amor de niñez.

Verdes, vibrantes, chispeantes, rebosantes de vida, así eran los ojos de Eva. Era lo único que parecía haber permanecido en ella. Su abuela Pepa, y su madre la guiaron hasta su casa. Conversaciones sin sentido comenzaron a llenar la estancia, que tal las notas, como le iba con sus amigas, todo por evitar sacar el tema de que con 18 años y 1.68 metros, pesaba apenas 45 kilos. Ella miraba apesadumbrada el plato de lentejas que tenía delante "¿Qué cantidad de calorías tendrá esto?" Muchas a buen seguro, se contestaba a si misma. No quería comer, no quería seguir engordando, no quería verse como aquellas mujeres enormes que se dedicaban a comer comida basura. Pero sabía que no la dejarían moverse de allí sin acabar aquella bomba de colesterol. Chorizo, verduras, grasa en general era lo que componía aquel plato infernal. Aquel que a cada cucharada que metía en la boca Eva le daban ganas de escupir y que al mismo tiempo quería comer, sin reconocerlo. Sabía que estaba enferma y sabía que tendría que curarse.

En cuanto terminó de comer, se bebió casi un litro de agua y decidió salir a dar una vuelta por los alrededores. Su madre se ofreció a acompañarla, pero Pepa la detuvo, con un brillo especial en sus ojos verdosos, pareciendo querer dejar a Eva sola a toda costa, como si su intuición, agudizada por el paso de los años, le dijera que así tenía que ser. El sol no la deslumbró al salir, pero si la abrumó el silencio, la tranquilidad, hacía demasiado tiempo que no se sentía en paz consigo misma. Ensimismada recorría aquellos senderos por los que tantas veces había pasado de niña, recordando cada juego, cada golpe al tropezar con una rama. Estaba a punto de dar media vuelta cuando vió algo que le llamó la atención. O más bien alguien. En su mente se dibujó la cara regordeta de un niño de cabellos oscuros y ojos marrones, sin nada destacable en él salvo la sonrisa que eclipsaba con su calidez al mismísimo sol. Con una sonrisa, se acercó a él con zancadas largas:

-¿Javier?- preguntó Eva con la voz suave, dulce y delicada que siempre la había caracterizado, ahora apenas con fuerza para elevarse sobre el sonido del hacha que empuñaba el chico para terminar de partir las ramas de un árbol caído. Levantó la vista de su trabajo en el que tan concentrado estaba y se encontró con la mirada verde de Eva a escasos centímetros de él. El sobresalto hizo que el chico casi se cayera hacia detrás. ¿Que hacía ella en aquel lugar? ¿Se acordaría que fue aquel el lugar donde…? No, esperaba que no.
"¿Se acordará Javi que aquí fue donde cuando éramos pequeños nos dimos nuestro primer beso? Espero que no, creo que si sacase a relucir el tema competiría con los tomates de lo roja que me pondría"

-Si, soy yo… ¿Y tú eras…? -preguntó haciéndose el interesante, algo de lo que se arrepintió en el momento en el que vió la decepción reflejada en los ojos de Eva, la cual se esfumó rápidamente siendo sustituida por una sonrisa pícara al contestarle "Comandante Estrella a sus órdenes, Capitán Solar". Sin poder contenerse se abrazaron, por todos aquellos momentos vividos juntos en la infancia. Fue a partir de aquel momento en el que se hicieron inseparables. Ella le acompañaba cuando iba a mariscar con su padre, y él la llevaba de excursión a conocer lugares. Así, en aquel 600 color amarillo limón, destartalado por completo fueron a conocer Santiago de Compostela y su catedral, A Coruña y su paseo marítimo, Lugo y sus murallas, las Fragas do Eume, los cañones del Sil, toda la Costa da Morte… Mientras descubrían los rincones más hermosos de Galicia, iban descubriéndose poco a poco a si mismos, hasta que lo inevitable sucedió.

Estaban tumbados en la playa aquel 31 de Agosto, el día anterior a que Eva volviera a Madrid, observando las estrellas de las que estaba plagado el firmamento gallego. Como pequeñas gotitas, se extendían por encima de las cabezas de ambos adolescentes, conformando un manto nocturno bajo el que estaba a punto de suceder lo que ambos llevaban anhelando todo el verano. Gracias a Javier, Eva había conseguido salir de su anorexia, y si bien seguía presentando una delgadez bastante alarmante, en aquellos casi tres meses había dejado atrás toda inseguridad referente a su físico, incluso comenzaba a tener algo de músculo gracias a las largas caminatas que daban ambos. Javier no pudo contenerse y tras una charla insulsa mirando el cielo se giró hacia ella:

-Estás preciosa cuando sonríes.-Aquel cumplido tan inesperado dejó a Eva fuera de combate. Sabía que a continuación debía responder de alguna manera, pero la tierra parecía ejercer sobre ella una gravedad mayor, era incapaz de moverse. Sentía el viento en su cara acariciándola con suavidad, cada grano de arena bajo su cuerpo y de pronto, los labios de Javi sobre los suyos. Mil sentimientos fueron los que se dijeron con un simple beso al que siguió otro, y otro más. Él le pidió que se quedara junto a él. Y ella lo hizo.

Permaneció a su lado cuando las manchas de marea negra comenzaron a asolar las costas gallegas, dejando a Javier sin trabajo. Ambos, con tan solo 19 años, fueron de los primeros voluntarios en ayudar a limpiar aquella parte de su vida y de Galicia. Permaneció a su lado un desalmado quemó el bosque cercano, por el que tantas veces habían paseado. Permaneció a su lado cuando murió su padre. Siempre estuvo allí junto a él. Fueron uña y carne, hasta que tres años después de su reencuentro contrajeron matrimonio en la pequeña iglesia de Moura do Muíño.

Todo era perfecto, ella cuidaba de la casa y él salía a faenar para pagar una vida sencilla y sin lujos que sin embargo a ambos llenaba. Estaban hechos el uno para el otro lo cual no tardó en hacerse patente. Una pequeña semilla comenzó a crecer en el seno de Eva, el primer hijo de ambos. La felicidad de la pareja no se podía describir con palabras y el amor que sentían en uno por el otro tampoco. Eran como dos ángeles con una sola ala, que en el momento en el que se reunieron habían empezado a volar.

Aquel día, cuatro meses después de la feliz noticia, Javier salió a recoger marisco. Poco a poco y sobre su cabeza comenzaron a aparecer nubarrones oscuros. Parecía que se avecinaba tormenta. Comenzaba a llover cuando encontró una colonia de percebes. Sabía que a Eva le encantaban, y aunque no se los hubiera pedido creyó que la haría muy feliz llevándole aquel regalo.

Pero Javier no regresó a casa. Las patrullas lo buscaron horas después de que Eva diera el aviso con la voz rota. Días después. Semanas después. Pero nunca apareció. Todas las noches Eva iba a la playa donde se quedaba observando al mar. Su barriga seguía creciendo con su hijo dentro. Imaginaba un pequeño niño igual que Javier, con aquellos hoyuelos que tanto le encantaban, y las lágrimas volvían a sus ojos.

El San Juan de aquel año, Eva parecía haber aprendido a convivir con el dolor, a aceptarlo como una parte de ella misma que sabía que nunca se iría. Volvía a sonreír, le cantaba a su bebé todavía en la barriga, volvía a tomar un café con las pocas mujeres jóvenes del pueblo… E incluso fue a aquella celebración. Su comportamiento no era adecuado, no, ni mucho menos. Cogía alcohol de los jóvenes y vaciaba vasos y vasos en cuestión de minutos. Todo por ahogar la pena, por acallar aquella tristeza que parecía haberle abierto un boquete en el pecho, allí donde antes se encontraba su corazón.

En un momento de distracción, comenzó a caminar hacia la orilla. Cerró los ojos mientras dos lágrimas caían por sus mejillas iluminadas por la luz de la luna. Con cada paso que daba hacia el mar, mas cerca se sentía de él. Susurraba su nombre al viento, pidiéndole que le devolviera a su único amor. Imploraba a aquellas aguas que le restituyera aquella parte de su alma que se había esfumado junto con el chico. Suplicaba a Dios que permitiera que volviera junto a ella. Rogaba a Galicia misma que llenara aquel vacio intenso. Y a cada paso que daba, sus plegarias parecían ser más desesperadas, más intensas si cabe.

Hasta que una ola la llevó consigo. En todo momento era consciente de lo que estaba haciendo. Rota de dolor, como una marioneta sin su dueño, se dejaba llevar por el oleaje. La fue acercando hacia unas rocas, mientras al mismo tiempo el agua entraba en sus pulmones. Le ardía el pecho, pero no era nada comparado con el dolor de su corazón.

Decidida a dejarse morir, casi deja pasar la oportunidad de agarrarse a una de las rocas, y salvarse así a ella misma y a su hijo. Casi. Cuando estaba dejando que las fuerzas la abandonasen, tocando por última vez la tierra firme, escuchó una voz femenina que provenía de una figura que estaba de pie, estática, estable, como un pilar al que agarrarse cuando todo lo demás parece perdido.

"Su piel era verde como los campos. Su pelo gris como el cielo de invierno. Sus ojos… Azules, verdes, grises, cambiantes, viejos y jóvenes, fuertes como el mar. Su voz era el eco de muchas otras que habían muerto por ella. Me guió por aquellas rocas. Me tranquilizó como solo una madre sabe hacer. Me tomó entre sus brazos y sonrió mientras me arrullaba con cantos tan antiguos como ella misma. Su corazón era de piedra, de muros infranqueables. Su alma del más puro cristal. A ella le debo la vida. Nací en ella, viví gracias a su bondad y cuando llegue el momento, retornaré a su seno. Nunca lo olvides, hija mía. Nunca olvides que llevas el nombre de una nación que ha sido oprimida, despreciada, traicionada, rota y todavía sigue viva. Nunca te olvides de que tu nombre es un recuerdo a una tierra de viudas de vivos y muertos, de paisajes inspiradores, una tierra rica, única, verde y gris que trajo al mundo poetas y escritores. Nunca te olvides de tu nombre, Galicia."

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